La película menos “enJOYable” de los Oscars

Raquel Megido

Qué sencillo es, casi un gesto inconsciente, frotarse las manos de satisfacción al ver los primeros minutos de la película Joy. Apenas un par de planos de una telenovela que después tendrá juego en la historia antes de que nos anuncien  “inspirada en historias de mujeres atrevidas… una en particular”. Wow, vaya, ¡ya era hora! una película potente con una visión feminista saliendo de las entrañas de Hollywood, pienso al instante. Y a medida que van pasando los minutos empiezo a replantearme si esa precipitada conclusión es cierta. Reflexionando, no tardo en darme cuenta de que huele a chamusquina.

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Y me explico. Ya habíamos hablado anteriormente del test de Bechdel, esa prueba no oficial para ver si una película puede considerarse feminista o no. En este caso, Joy superaría el examen ya que hay más de dos personajes femeninos que hablan entre ellos y no acerca de hombres. Sin embargo, el matíz viene después porque no todas las películas que superan el test lo hacen con la misma ‘nota’, podríamos decir, y es posible encontrar películas que cumplan estos tres requisitos y aún así den una visión de la realidad ligada a los valores y normas del patriarcado. Y esa es la triste historia que transmite Joy.

Es posible pensar que habla de la lucha de una mujer fuerte, segura de sí misma y que hará lo imposible por realizar su sueño cuando, en el fondo, no es más que la misma historia requemada y explotada por Hollywood para acallar esas vocecitas que de vez en cuando se quejan de que no haya producciones con mujeres como protagonistas.  Y no hay nada peor (a mi parecer) que una película que se presente como feminista y en realidad sea todo lo contrario.

Joy puede ser una mujer envidiable porque ni un huracán la haría cambiar de idea cuando se propone algo, sería capaz de descender a los mismísimos infiernos por aquello que considera justo y, sin embargo, su poder para envalentonar a las mujeres que viven esclavizadas en sus casas se desinfla más rápido que un globo porque no tiene vida propia, no es más que un pelele al que su familia puede mangonear, abusar y explotar.

No importa que su madre se momifique en la cama alimentándose únicamente de las fantasías que le ofrece la telenovela amorosa de turno y se comporte como una niña malcriada, porque Joy siempre estará ahí para llevar las riendas de la casa y la familia, para tener un trabajo con el que pagar la hipoteca, para limpiar todo lo que haya que limpiar y arreglar todo lo que haya que arreglar e, incluso, para abandonar sus estudios y sus sueños por el bien del resto.

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No importa que su padre se comporte como un gigoló fracasado, botando de mujer en mujer y despreocupándose de su negocio y su familia, porque ahí estará Joy para acogerle en su casa cuando la nueva novia le eche, para llevar la contabilidad de su taller, para obedecer cada uno de sus mandatos y sugerencias e incluso para recoger todos los cristales que ha roto en su berrinche de “como no me gusta estar en la misma habitación que mi exmujer, me enfado y lo tiro todo”.

No importa que su exmarido, del que lleva divorciada 2 años, se preocupe únicamente por sí mismo, desatienda a sus hijos y no tenga ni una casa ni un duro, porque ahí estará Joy para dejarle vivir indefinidamente en su sótano, para ponerle la comida en la mesa e incluso lavarle la ropa. Tampoco importa que su hermana sea una egoísta envidiosa, incapaz de hacer otra cosa más que ser una chupóptera, porque ahí estará Joy para ofrecerle ayuda y dinero hasta el último momento.

Y todo esto sin que una sola queja o lamento se escape de sus labios en ningún momento. La prueba definitiva de que a pesar del antifaz que le quieren plantar, la protagonista tiene en realidad la misma actitud sumisa y pasiva que reflejan las películas más machistas (pongamos, por ejemplo, 50 sombras de Grey).  El discurso de Hollywood, como siempre, es el mismo:

Queremos mujeres, sí, pero obedientes.

Mujeres fuertes, por supuesto, pero no demasiado, sólo lo suficiente para que saquen adelante su casa y su familia.

Mujeres incansables y luchadoras, por qué no, pero que luchen sólo contra su destino, cruel y caprichoso, y no contra el sistema que las encorseta y las ha llevado a esa situación.

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